Siempre nos quedará la Constitución

 

 

  Parangonando la célebre frase de Humprey Bogart a Ingmar Berman, hacia el final de la película “Casablanca” (Michael Curtiz, 1942) cuando se tienen que separar: “Siempre nos quedará Paris”, aún con los errores de traducción – dixit. Recurrimos a ella para intentar evadir o minimizar situaciones adversas, contrariedad, congoja por lo que estás viendo y dolor emocional. Eso mismo siente este escribidor cuando algunos políticos platican y se refieren a la Constitución con un cierto desdén. O se atragantan en loas que en un plis plas chocan, sonrojante, con la realidad de su quehacer cotidiano. La conclusión a la que inevitablemente colijo es que muy poquita gente tiene, de verdad, intenciones de adecuar la Carta Magna a la realidad social. Hay excusas por doquier. Por muchas soflamas que visualicemos.

 

  Es muy recurrente el argumento del Presidente del Gobierno, cuando reitera aquello de: “no hay demanda social”, y, “primero, saber qué se quiere reformar; que lo digan”. Cuando es él, precisamente por el puesto de preeminencia que ocupa, quien tendría que tenerlo claro y poner encima de la mesa su proyecto de reforma constitucional. O si no quiere reformarla, que lo diga con claridad. No con melifluas consideraciones. Hay actitudes forzadas, hay rictus puramente artificiosos y, sobre todo, sobreactuación, mucha sobreactuación. De sentimiento y querencia constitucional, lo justo, aún a pesar de todo lo que oigamos y veamos. El teatro es una rama de las artes escénicas que irradia un espacio de contemplación. Pues eso, que hay mucho teatro. Y la ciudadania, mientras tanto, en pura actitud contemplativa.

 

  En consecuencia, en esta legislatura no se verá la tan ansiedad reforma de la Constitución española de 1978. En esa línea se halla J. Pérez Royo ( La reforma de la constitución inviable, Catarata, 2015). Cree que no es posible su reforma porque la Constitución se hizo para que no pudiera ser reformada, en la medida en que descansa en un principio de igualdad “domesticado”, con la finalidad de asegurar la restauración de la monarquía. Y- señala- la alternativa es reforma o desintegración.

 

  Independientemente de los argumentos de éste constitucionalista, hay otras razones que entiendo subyacen: 1ª.- Precisamente porque hay cuatro partidos nacionales, con fuerte implantación, y cada uno va a su onda. Aún a pesar de que creíamos que una policromía política propiciaría más facilidad para el pacto y el acuerdo, estamos viendo claramente que no es así, para nada. Que hay más dificultad. Y en muchas ocasiones son los primeros espadas lo que quieren erigirse en protagonistas, sin mirar hacia detrás.  2º.-Porque ninguno quiere dar baza alguna al contrario (en temas tales como el espacio territorial, la introducción del modelo de Estado federal, ni siquiera en el trocamiento de algún principio rector de la política social y económica como derecho fundamental, etc.). Hay clara cortedad de miras. No hay mirada larga, puro ombliguismo. 3º.-Las mayorías reforzadas que establece la CE 78 impiden esos acuerdos, que deben tener una base popular de consenso muy extendida, 4º.-La oportunidad para hacerla. En los estertores de la legislatura, porque implica la disolución de las Cortes. Todo un recorrido de obstáculos muy alambicados.

 

  Creo que de esta pretendida reforma debiera participar la propia ciudadania, asumiendo el protagonismo que merece, interesando de los plenos municipales adopten acuerdos para pedir que las grandes formaciones políticas llegaren a algún tipo de acuerdo básico. Hemos de repetirlo: la ciudadania española no puede seguir siendo mera convidada de piedra. Son sus intereses los que están en juego. Porque la CE tiene un carácter vinculante (no sólo es pura norma político-institucional), porque hay que rellenar, a la par que remarcar más acentuadamente, los contenidos esenciales de los derechos fundamentales y ampliarlos; y de otra parte, hay que “europeizar” la Constitución.

 

 

  JUSTO GIL SANCHEZ  

 

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