En un rincón del alma

         Reconozco que siento una gran predilección por ese gran poeta de la canción que es Alberto Cortés, desgraciadamente apartado del gran público. Y lo es por lo que dice, por lo que musita, por lo que aflora sentimentalmente de las letras de sus canciones. Gran parte de su cancionero le extrae de lo más profundo: su alma, inmensa e inabordable. Aparte su bonhomía. El enunciado de este artículo es el homónimo de una de sus canciones más populares y reconocidas: “En un rincón del alma”. Habla del alma, habla de las penas, del adiós, de la vida, de la pasión, de los fracasos, de la soledad; en definitiva, de las cosas que nos suceden al común de la gente. Pero él las dice de “otra manera”.

 

      Todos los días nos preparamos, cual rito mimético, para la vorágine de eso que denominamos la «cotidianeidad», que no es otra cosa que el sometimiento del cuerpo a los avatares y vaivenes de la azarosa vida que nos circunda. Pero, hete aquí, hablamos poco del alma, del principio espiritual que informa el cuerpo humano, y con él, constituye la esencia del hombre. Preocupados por lo inmediato, omitimos, las más de las veces, el parlamento sobre el alma, que queda como más íntimo, como más reservado y preservado frente a lo exógeno. Nos da miedo sincerarnos y así, se opina y reflexiona en un sentido o dirección cuando verazmente sentimos en el contrario. Es el pudor, la vergüenza, en grado sumo. Es la insinceridad a flor de piel. La sinceridad o franqueza debiera ser, y creo lo es, un trozo de nuestra alma, amén de una nota delineadora de la misma.

 

         «Hablar con el alma», «llegarle a uno al alma», son expresiones que se repiten, en algunas ocasiones, en nuestra relación social. En este sentido, se asocia a sentimiento profundo, con hondura. El alma, entre otras cosas, es un almacén grande de sentimientos. En unos, ese almacén está repleto de ellos y en otros, aquél se halla medio vacío. Lo más positivo es que se puede remedar. En el terreno del chascarrillo señalemos que entorno al alma se escudriña auténticas clasificaciones, como en las demás cosas de la vida. Así, tenemos el «alma de cántaro», asociado a la persona falto de discreción y sensibilidad. El «alma cándida», asociada a la ingenuidad, a la persona sin malicia ni doblez.  El «alma que lleva el diablo», como asociada a la rapidez, a lo presuroso y colérico de nuestras conductas. Como «alma en pena», asociada a la persona triste y solitaria, melancólica. La «enfermedad del alma», como expresión del mal de amores. La «persona sin alma», como carente de sentimientos, extremadamente gélida. Y así, sucesivamente…. Tantas clasificaciones como queramos.

 

Pero volvamos al tajo. Lo importante es confrontar la realidad con espíritu ilusionante. Marcar objetivos es una buena tarea en nuestro trabajo, en el quehacer cotidiano, en la empresa o en el centro docente, en el quehacer político, en cualquier ámbito, en definitiva, de la vida. Metas: he ahí la palabra clave. Es algo así como ponernos deberes a nosotros mismos, probarnos para entrever lo que somos capaces de hacer. Seguro que nos sorprendemos. A veces nos minusvaloramos o colocamos nuestra estima bajo mínimos. Craso error. Todos tenemos una gran potencialidad pero el gran reto es, sencillamente, descubrirle, descubrirnos-añadiría. En el terreno del surrealismo - o no-, hasta es posible que no nos conozcamos a fondo. Acaso no hayamos reflexionado lo suficiente con nuestra alma, esa gran desconocida. Decía Séneca que “vivir es militar”, haciendo un noble gesto de legionario. Añadiría que la «militancia» debe serlo por la pasión, por la entrega, por el deseo de hacer las cosas bien, con honestidad, aunque erremos; por la pequeña contribución que, desde cualquier puesto o posición, podamos realizar en esta sociedad nuestra, tan abundante en bienes y, contradictoriamente, tan carente y menesterosa de otras tantas cosas. Pero es la sociedad que nos ha tocado vivir. Lo que conlleva convivir críticamente. Vivir no es otra cosa que aspirar permanentemente.

 

JUSTO GIL SÁNCHEZ

 

 

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