LA PELOTA EN EL TEJADO

Manuel Quesada

Son, desde luego, muchos los problemas que se están planteando estos días al hilo de la decisión del Rey Juan Carlos de abdicar en favor de su hijo Felipe para que se haga cargo de la “plaza” de Rey Constitucional de este País.

 

El asunto plantea un problema, desde luego, porque la ciudadanía de la que un sesenta por ciento son jóvenes que no han conocido la Transición ni,  por tanto, las circunstancias en que se implantó la Monarquía actual, ni les importa lo más mínimo porque más de la mitad de ellos tras haber estudiado mucho, haberse preparado concienzudamente hasta llegar a ser la generación más preparada de nuestra Historia, muy a su pesar, se encuentran en paro y sin expectativas a corto ni a medio plazo de alcanzar el soñado puesto de trabajo que les permita independizarse y vivir decentemente, como ciudadanos normales y no dependientes de sus padres o de sus protectores.

 

La infinita mayoría de ellos piensa que poco o nada ha hecho Su Majestad para evitar su actual precariedad mientras, eso sí, han tenido que contemplar con estupor los casos de corrupción que se han producido hasta en el seno de la Casa Real y cómo el Rey atiende maravillosamente a empresarios españoles a los que promociona en el extranjero sin que ello vaya a suponer una mejora para el empleo porque se llevarán las empresas a ésos países y ya tienen experiencia de lo que sucede en estos casos: que, o bien los puestos de trabajo se ofertan mayoritariamente en aquéllos países o los españoles que quieran acceder a ellos tendrán que hacerlo en condiciones de evidente desventaja o hasta imposibles de abordar.

 

Se ha producido, y no sólo por la crisis, un escenario de país más injusto, más precario y mucho más carente de servicios sociales, sanitarios, de enseñanza y cuantos asuntos son pilares imprescindibles de un Estado democrático y de derecho acorde con nuestro tiempo. El Estado de Bienestar se ha ido al garete.

 

Pero hay muchos problemas más. Uno de los más importantes es el bochornoso espectáculo de la Justicia: lenta, inoperante y para nada “igual para todos”. El abuso desmedido de la representación política en los órganos de Gobernó de los auténticos poderes judiciales raya en lo inaceptable y, desde luego, ha echado por tierra la imprescindible separación de poderes que planteó Montesquieu que es, desde luego, el pilar fundamental de un estado democrático.

 

Resulta ser lo mismo el poder legislativo, el ejecutivo y el judicial, ya que por efecto de las mayorías, se reparten siempre los grupos mayoritarios los cargos  de influencia en todas las Instituciones del Estado. Tras treinta y cinco años de democracia el desgaste es de tal magnitud que, o se abordan cambios estructurales de gran profundidad o todo se va al traste y podría peligrar hasta el propio funcionamiento del Estado.

 

Estas circunstancias han llevado el debate a la cúspide de la discusión de si lo conveniente es mantener la Monarquía Constitucional o, por el contrario, establecer de una vez la III República.

 

Un número importantísimo de ciudadanos piensan que habrían de conocerse las preferencias de los españoles mediante la convocatoria de un referéndum, y ya son miles de personas las que, de improviso, han salido a la calle para exigir dicha convocatoria. Resulta incomprensible cómo el Gobierno mira para otro lado cuando sería muy posible que una mayoría de ciudadanos optara por la Monarquía, al menos de momento, y el resultado de la consulta legitimaría y daría mayor respaldo al nuevo Rey que, de acceder al Trono tan solo con la designación de su padre podría verse en graves problemas y, de cometer algún fallo de importancia, sería causa de que la sociedad toda terminara en una crispación insoslayable y nos viéramos en mucho peores circunstancias que las actuales, que no son –desde luego- muy esperanzadoras.

 

Otro asunto de enorme importancia es la actuación de los Partidos Políticos cuyos aparatos están tan acostumbrados a blindarse hasta los dientes que ni la militancia ni, por supuesto, sus votantes pintan absolutamente nada, siendo los “cuadros” los que manejan el cotarro en base a las imposiciones de los líderes que los encabezan sin más.

 

Si queremos que las cosas vayan bien, todo esto tiene que cambiar radicalmente.

 

La democracia participativa es una reivindicación cada vez más mayoritaria que  si no se aborda realmente, será una exigencia inexcusable a corto plazo de toda la ciudadanía y en forma mucho más contundente que en estos momentos.

 

La suerte está echada, los ciudadanos no pueden hacer nada si los responsables políticos no hacen lo que tienen que hacer y abren la vía de la consulta y de la participación con objeto de que se aborden los asuntos que a todos interesen.

 

Nadie tiene garantías,  desde luego, de que la República garantice el efectivo funcionamiento democrático de todas las Instituciones pero, desde luego, si la Monarquía en los primeros meses del Reinado de Felipe VI no aborda las reformas necesarias para corregir todas las deficiencias existentes, estaría firmando su propia sentencia y, así, llegaríamos al cambio de forma de Estado en circunstancias muchísimo peores,

 

La pelota está en el tejado, veremos si suben a recogerla.

 

Manuel Quesada

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