EN LA CUERDA FLOJA

Manuel Quesada

De chico me enseñaron en la escuela que “el hombre es un animal político”, creo que lo dijo Sócrates o Platón, o quizá Aristóteles; pero ahora que ya peino canas y se está agotando mi capacidad de asombro, tras lo que he visto, estoy en condiciones de afirmar que hay políticos que son unos animales.

 

Son tan torpes que con sus actitudes, con sus declaraciones, con sus acciones y con su planificación perfectamente estudiada, meditada y puesta en práctica, están consiguiendo que los ciudadanos hayan alcanzado tal desafección de la política que ya no confían en ninguno de los que ocupan cargos de responsabilidad ni les ilusionan los candidatos que se presentan a las elecciones porque ya han sufrido tal cantidad de desengaños que no confían en ninguno de ellos.

 

Sin embargo, cualquiera que tenga dos dedos de frente convendrá conmigo que la política es una de las necesidades básicas de la sociedad para poder alcanzar un bienestar social e individual en medio del entorno en que convivimos.

 

Algo es bueno si con su uso se pueden obtener buenos resultados y es malo si con dicho uso no se alcanzan más que perjuicios y desgracias y lo que estamos sufriendo los españoles en los últimos tiempos no son más que desgracias.

 

Tras haber luchado con firmeza e ilusión muchos años para conseguir una auténtica democracia y una posición económico-social más que aceptable, nos arrasan de pronto y nos hunden en un abismo cuya duración y final son imprevisibles.

 

En tanto que seis millones de parados no tienen trabajo y dos millones de familias no tienen ningún ingreso, las grandes empresas siguen obteniendo buenos beneficios y los cargos públicos se han subido el sueldo descaradamente. La pobreza se ha instalado entre nosotros como era impensable que fuera a suceder, la clase media ha desaparecido y los ricos son más ricos que nunca.

 

Entiendo la política como una ilusión, como un servicio público para ayudar a los demás, nunca como una profesión y mucho menos algo en lo que pueda uno ganarse la vida. Sólo debe tener plena dedicación el limitadísimo número de altos cargos imprescindibles, y los demás deben simultanear su acción política con su trabajo o profesión con la que se mantienen. Sin embargo, son innumerables los cargos y puestos políticos que se expanden por todo el territorio, desde las ciudades hasta los pueblos y desde las Comunidades Autónomas, las Diputaciones Provinciales y los Ayuntamientos de tdos los pueblos, por pequeños que sean.

 

Se puede y debe gestionar todo lo público como si de una empresa se tratara, con funcionarios y trabajadores profesionalizados, independientes de las organizaciones y partidos políticos, mientras los cargos políticos deben limitarse  exclusivamente a dar instrucciones y conectar con los ciudadanos y para sólo eso, naturalmente, no se precisa dedicación y, por ende, no han de percibir sueldo alguno. Solamente debería sufragárseles los gastos de representación que abonaría, directamente, la administración pública de que se tratara, previa intervención para clarificar la oportunidad y necesidad del gasto.

 

De este modo se daría un importantísimo carpetazo a tanta corrupción como estamos soportando y sufriendo.

 

Como soy socialista, y demócrata, me sorprende el montaje que tiene instalado la clase política para el desarrollo de su acción y observo cada vez con mayor indignación que se sirven de sus cargos para vivir, y de qué modo; para comprar voluntades repartiendo empleo público, concediendo favores a empresas y servicios y dedicándose a alimentar en lo posible la situación para que no les falte nada de nada.

 

No es mi intención señalar a nadie, ni tampoco me quiero referir a la clase política en sí, mucho menos en general. Estoy planteando que el sistema no es correcto, que hay unas sobre participación de la política en demérito de la profesionalidad y la organización natural de los servicios públicos y que las estructuras están permitiendo a los responsables de ellos tomar decisiones y efectuar actos administrativos de toda importancia, sin la supervisión de nadie y sin la participación de la ciudadanía, que es, en definitiva la que soporta todos los gastos con sus impuestos.

 

Digo que la actividad política debe ser más altruista porque sería la forma eficaz en que no se produjera la desafección que sufrimos de la clase política de los ciudadanos en general.

 

Si no se cambia, si el sistema no se adapta a las necesidades y no se produce una reforma política de gran calado, los ciudadanos no volverán a ilusionarse y a confiar en sus representantes, que cada vez serán elegidos por menor número de participantes a causa del incremento cada vez mayor de la abstención y, en estas condiciones, lo que se pondrá en peligro será todo el sistema democrático que tanto esfuerzo, entrega y hasta lucha nos ha costado.

 

Y si dejásemos caer la democracia, no quiero ni pensar lo que nos vendría.

 

Manuel Quesada

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